
La vivienda protegida: ¿esperaremos a que todo arda, como con los montes?
Lección de los incendios forestales: planes sin ejecutar, bosques en llamas
Cada verano, España presencia escenas devastadoras de montes ardiendo y pueblos cubiertos de humo. No es casualidad: hace décadas que existían planes para el cuidado de nuestros bosques, pero quedaron en papel mojado por falta de inversión. Los datos lo confirman: en 2009 las administraciones públicas destinaron 1.742 millones de euros al cuidado forestal, pero trece años después esa cifra cayó a 1.295 millones, un 26% menos[1]. Lo más grave es dónde se recortó: la prevención de incendios se redujo a menos de la mitad (de 364 millones en 2009 a solo 175,8 en 2022), el recorte más drástico de todo el presupuesto forestal, algo que los expertos señalan como causa directa de la proliferación de fuegos que arrasan el país[1]. En contraste, el dinero para extinguir incendios se mantuvo; es decir, gastamos en apagar fuegos, pero no en prevenirlos.
La reacción tardía de las administracione
¿Por qué ocurrió esto? Miguel Ángel Duralde, presidente de la Asociación de Empresas Forestales (ASEMFO), explica que durante la crisis de 2008 las administraciones recortaron lo “menos visible”, es decir, la prevención, mientras mantenían intacto el gasto en extinción[2]. Dos décadas atrás el problema de los incendios no parecía tan urgente, y esos programas de mantenimiento forestal aprobados a finales del siglo pasado nunca llegaron a contar con presupuesto real. El resultado de tanta dejadez está a la vista: una ola de incendios sin precedentes. Solo después de ver pueblos enteros amenazados por las llamas, se corre a “inventar cosas nuevas” o anunciar pactos de última hora. Como describe gráficamente Arantza Pérez, vicedecana del Colegio de Ingenieros de Montes, “cuando acaban los incendios, a los políticos se les olvida; prefieren sacarse una foto con los medios de extinción, que cuestan una millonada, pero no emprender la necesaria gestión forestal”[3]. En otras palabras, se actúa tarde y de forma reactiva, en vez de planificar con antelación.
Un polvorín anunciado
Vecinos observan las columnas de humo que se elevan sobre un incendio forestal en Chandrexa de Queixa (Ourense), en agosto de 2025[4]. La falta de limpieza y gestión de montes convirtió muchas zonas en un polvorín; tras años de abandono forestal, el fuego encontró un caldo de cultivo perfecto. Los expertos venían advirtiéndolo. Ya en 2022 ardieron más de 306.000 hectáreas en España, una cifra brutal que debía servir de alarma[5]. Sin embargo, se hizo caso omiso a estas señales. En 2023 la superficie quemada rondó las 100.000 hectáreas y en 2025 la temporada de incendios empeoró aún más[6]. Solo entonces se escucharon promesas urgentes y la palabra “Pacto de Estado” resonó en boca de nuestros dirigentes. ¿Pero de qué sirve reaccionar cuando el fuego ya ha arrasado los montes? La gran lección de esta tragedia ambiental es clara: si no dotamos de recursos a los planes preventivos, las catástrofes terminan ocurriendo.
Vivienda de protección oficial: una crisis encendida por la falta de inversión
El paralelismo con la vivienda protegida es inmediato. Al igual que con los bosques, en España se han acordado planes de vivienda social y asequible en distintas épocas, pero rara vez se han respaldado con presupuestos suficientes. Durante la burbuja inmobiliaria de los 2000 se construyeron cientos de miles de viviendas libres al año. En cambio, la vivienda protegida avanzaba a paso lento.[7]. Y cuando llegó la crisis económica, la vivienda de protección oficial (VPO) fue la gran víctima de los recortes presupuestarios, hundiéndose su producción a niveles históricamente bajos[8].
Las cifras hablan por sí solas. En 2017 solo se entregaron 4.938 viviendas sociales en toda España, apenas un 9,2% de todas las viviendas terminadas ese año[9]. Es el volumen más bajo desde la década de 1950[9]. Para ponerlo en contexto, en 2008 (antes de la crisis) se llegaron a construir más de 68.000 viviendas protegidas[10]; es decir, en menos de una década la construcción de VPO cayó un 93%, prácticamente desapareció del panorama[10][11]. Las listas de espera, entretanto, no han dejado de crecer: al menos 400.000 solicitantes aguardan una vivienda asequible que nunca llega[9][12]. Son familias vulnerables, jóvenes que no pueden emanciparse y personas que han perdido su hogar, todas ellas víctimas de una promesa incumplida del Estado.
La falta de inversión pública
¿Cuál es la raíz de esta escasez? La falta de presupuesto público en materia de vivienda, especialmente tras 2012, es un factor decisivo. A partir de 2011 se eliminaron las ayudas estatales que incentivaban a promotores a construir viviendas protegidas, lo que provocó un desplome en nuevas promociones[13]. Un estudio sobre el parque de vivienda pública en España señala que “la VPO prácticamente ha desaparecido del sistema de vivienda español” en estos años[11]. Y añade un dato revelador: el parque de vivienda social en alquiler representa solo el 2,5% del total de hogares en España, muy lejos del 9-10% de media europea y a años luz de países como Países Bajos (30%) o Suecia (19%)[14][15]. Esa diferencia abismal no es por casualidad, sino porque aquí no se ha invertido en vivienda pública de forma sostenida. “La escasez de vivienda protegida se debe a la falta de presupuesto de los últimos años”, concluye Carme Trilla, ex-secretaria de Vivienda de Cataluña[16]. Dicho de otro modo, hemos fallado en prevenir la “ignición” de la crisis de vivienda, igual que fallamos en prevenir incendios: no invertimos a tiempo pese a tener planes y leyes que lo preveían.
Consecuencias sociales de la escasez de vivienda
Las consecuencias ya se sienten en la vida diaria de la gente. Comprar o alquilar una casa se ha vuelto una misión imposible para muchos jóvenes y familias. El alquiler medio en ciudades supera ampliamente la capacidad salarial: alquilar un piso en solitario supone cerca del 80% del sueldo para un joven promedio[17], una carga insostenible. Los sueldos no crecen al ritmo de los precios de la vivienda, y la oferta de vivienda protegida es prácticamente inexistente para aliviar esta presión. En comunidades autónomas y ayuntamientos, algunos han intentado reaccionar con sus propios medios –por ejemplo, Cataluña o Baleares lanzando planes de vivienda locales–, pero con resultados discretos. En Baleares, solo se entregaron 14 pisos protegidos en tres años recientes[18]. Son parches insuficientes ante un problema de alcance nacional.
Bloque de viviendas protegidas en Madrid[19]. La construcción de vivienda asequible en España alcanzó mínimos históricos tras la última crisis. En 2021 apenas se calificaron 9.567 viviendas protegidas, un 83% menos que diez años antes[7]. Mientras tanto, cientos de miles de hogares esperan una solución habitacional digna. La respuesta del Gobierno central en los últimos tiempos ha sido anunciar grandes cifras de viviendas a construir o movilizar (por ejemplo, viviendas de la Sareb, suelo público para vivienda, nuevos planes estatales 2022-2025, etc.). Pero estas promesas deben venir acompañadas de presupuesto real y ejecución eficaz, de lo contrario se quedarán en meros titulares. De hecho, a noviembre de 2024 el recién creado Ministerio de Vivienda había dejado sin gastar el 60% de su presupuesto anual, unos 2.400 millones de euros prometidos que no llegaron a invertirse[20]. Esto demuestra que no solo es cuestión de asignar fondos en papel, sino de hacerlos llegar a proyectos concretos: construir viviendas, rehabilitar las vacías, facilitar alquileres asequibles.
Conclusión: No esperemos a que la vivienda también se incendie
Tanto en la gestión forestal como en la política de vivienda, España adolece de la misma enfermedad: la miopía a corto plazo. Se aprueban leyes, planes y acuerdos con visión de futuro (ya sea un programa de mantenimiento de montes o un plan estatal de vivienda), pero luego no se dotan de recursos ni se implementan con rigor. Solo cuando el problema estalla en toda su crudeza –cuando el fuego devora nuestros bosques o cuando la carestía de vivienda alcanza niveles dramáticos– es que se encienden todas las alarmas. Para entonces, el daño ya está hecho.
La pregunta que deberíamos hacernos es la misma que con los incendios: ¿Qué estamos esperando? En el caso de la vivienda, no veremos llamas en un sentido literal, pero los síntomas de la emergencia habitacional están a la vista: jóvenes que no pueden independizarse, familias expulsadas de las ciudades por los precios, hogares endeudados durante décadas, personas viviendo en la calle o hacinadas porque no hay alternativa asequible. Es un incendio social latente, propagándose silenciosamente a través de la precariedad y la desigualdad.
No debemos repetir con la vivienda el error cometido con nuestros montes. La prevención, la inversión temprana y sostenida, es siempre más eficaz (y humana) que la respuesta apresurada a la catástrofe. Igual que resulta más sensato limpiar el sotobosque y mantener los cortafuegos antes del verano que enfrentar un megaincendio en agosto, es más razonable construir y habilitar viviendas asequibles ahora que lidiar después con una generación entera sin acceso a un hogar digno. El derecho a una vivienda adecuada está recogido en nuestra Constitución; hacerlo efectivo requiere algo más que buenas intenciones en un documento oficial: requiere presupuesto, gestión y voluntad política continuada.
En resumen, la analogía es dolorosamente clara. Si seguimos postergando las soluciones hasta que “arda todo”, acabaremos pagando un precio altísimo –en patrimonio natural perdido, en cohesión social deteriorada– que ya no podremos revertir. La hora de actuar es ahora, antes de que la chispa prenda. Aprendamos la lección de los montes: los pactos y planes deben tomarse en serio desde el minuto uno, financiándose y ejecutándose a tiempo. Solo así evitaremos que, cuando queramos reaccionar, el fuego (literal o metafórico) lo haya consumido todo. Es momento de pasar de las palabras a los hechos, de cuidar nuestros bosques y de garantizar vivienda asequible, antes de que sea demasiado tarde[6].
Fuentes utilizadas: El País (Economía), Newtral, El Confidencial, El País (España) y Converses Catalunya. (Ver referencias en el texto)
[1] [2] [3] [4] La inversión pública en prevención de incendios se desploma a la mitad en 13 años | Economía | EL PAÍS
[5] [6] Incendios forestales en España: del abandono al cinismo político
https://conversesacatalunya.cat/es/incendios-forestales-ya-se-sabia-ya-se-sabia/
[7] [13] [17] La construcción de viviendas protegidas sufre una caída del 83%
https://www.newtral.es/la-construccion-de-viviendas-protegidas-cae-un-83-en-una-decada/20220817/
[8] [9] [10] [11] [12] [14] [15] [16] [18] [19] La construcción de vivienda social cae hasta niveles de los años 50 | Economía | EL PAÍS
https://elpais.com/economia/2018/06/24/actualidad/1529856103_281346.html
[20] Vivienda no gasta el 60% de su presupuesto en plena crisis: 2.400 millones menos de lo prometido
https://www.elconfidencial.com/espana/2025-01-16/vivienda-gasto-presupuesto-crisis_4043589/
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